Según un estudio reciente más de la mitad de los argentinos presentan alteraciones del sueño asociadas al estrés y la ansiedad. Hay estrategias para manejar la situación
Buenos Aires-(Nomyc)-Madrugada, se está en la cama con sueño, pero la cabeza no para. Se repasan conversaciones del día y se piensa en lo que se tiene que hacer mañana mientras se calcula cuántas horas de sueño quedan, es una escena familiar para gran parte de la población argentina: en un estudio publicado en marzo de este año por el Observatorio de Psicología Social Aplicada (OPSA) sobre 2.213 personas de todo el país, 6 de cada 10 personas, es decir el 58,98 por ciento de los participantes manifestó sufrir alteraciones del sueño.
Según la investigación, el segmento más afectado es el de los jóvenes de entre 18 y 29 años, mientras que las personas mayores de 60 años son las que muestran los mejores resultados. Sin embargo, aunque el impacto varía de acuerdo al rango etario, se trata de una problemática transversal a toda la sociedad.
“La ansiedad es el síntoma de la época por excelencia, cada vez aparece más y en edades más tempranas. En general suele impactar con mayor fuerza a la hora de descansar, una vez desaparecen los estímulos del día y nos enfrentamos a nuestros pensamientos en soledad”, sostiene la licenciada en Psicología Carolina Schaller (M.N: 75009).
La ansiedad es una respuesta natural del organismo ante situaciones de amenaza o incertidumbre que en dosis adecuadas es útil: nos pone en alerta y nos ayuda a reaccionar, pero el problema aparece cuando esa respuesta se vuelve crónica, desproporcionada o persistente frente a situaciones que no representan un peligro real, aunque la aceleración de la vida cotidiana, la hiperconectividad, la presión económica y la incertidumbre sostenida alimentan ese estado de alerta permanente.
Cuando esta situación se manifiesta por las noches de manera recurrente, comienza un círculo vicioso que deriva en un incremento del estrés y según el Instituto de Investigaciones del Sueño, cuando el insomnio se instala, el organismo genera una reacción fisiológica que aumenta los niveles de alerta, haciendo aún más difícil relajarse y “para interrumpir este circuito, entonces, es necesario prestar atención tanto a los hábitos como a las condiciones en las que se produce el descanso”.
En primer lugar, se debe tratar de garantizar un espacio cómodo y confortable, que favorezca el sueño en vez de perjudicarlo y a iluminación, el ruido, la temperatura y las características de la superficie de descanso, pueden favorecer o dificultar la relajación.
“Cuando una persona llega a la noche con un nivel de tensión elevado, cualquier factor que genere incomodidad física puede dificultar todavía más la relajación. Por eso es importante que el entorno acompañe el proceso y no agregue nuevas fuentes de tensión”, explica el licenciado Mariano Natan Zlatkes, experto en calidad de sueño.
Cuando existe tensión muscular o molestias que interrumpen el descanso, esa incomodidad se suma a la activación que ya genera la ansiedad, y ambas terminan retroalimentándose y una revisión sistemática de 47 estudios sobre ergonomía del sueño publicada en 2026 encontró que un soporte adecuado se asocia de forma consistente con mejor calidad de sueño.
“Por ejemplo, si el colchón no da soporte a la zona lumbar, si es demasiado blando o ya perdió sus propiedades, los músculos no pueden soltar la tensión acumulada durante el día”, agrega Zlatkes
Otra medida que recomiendan los especialistas en gestión del estrés, consiste en establecer una rutina que marque el final del día, por lo que reservar entre 45 y 60 minutos antes de acostarse, para actividades tranquilas, reducir el uso de pantallas y evitar noticias o contenidos que generen preocupación, puede ayudar a disminuir la activación mental y también, puede resultar útil anotar las tareas pendientes o aquello que preocupa antes de ir a la cama, en lugar de intentar resolverlo de manera mental, una vez acostado.
“Querer resolver un problema pendiente sin cuidarnos primero a nosotros se vuelve muy pesado. Poner el problema en palabras, sea mediante o una charla o escribiendo en papel, reduce la intensidad de la carga”, señala Schaller
Los horarios, también tienen un papel importante, ya que acostarse y levantarse de manera aproximada a la misma hora, permite mantener una mayor regularidad en los ciclos de sueño.
A esto se suman otros factores cotidianos: realizar actividad física durante el día, evitar el ejercicio intenso cerca de la hora de dormir y moderar el consumo de cafeína durante la tarde, son recomendados para mejorar el sueño,mientrsa que el alcohol, tampoco es una solución, ya que aunque puede producir somnolencia en un inicio, tiende a fragmentar el sueño.
Por último, es muy importante prestar atención a los síntomas, ya que la dificultad para conciliar el sueño, los despertares frecuentes, la tensión muscular, los pensamientos acelerados y la sensación de no haber descansado aun después de varias horas de sueño son, muchas veces, síntomas de una ansiedad nocturna problemática.
Los expertos, coinciden en que lo más importante es comprender que a veces la mejor solución es pedir ayuda: realizar una consulta con un médico especialista en Medicina del
Sueño, compartir lo que nos pasa y repartir el peso es la estrategia más efectiva para alivianar esta situación.
Sobre el buen dormir: un dormir adecuado, consiste de varios ciclos de Sueño que están compuestos por Etapas que van desde la 1 hasta la 4, de las que las primeras, se denominan por su número, es decir 1, 2 y 3, pero la última se llama REM, por las siglas en inglés de Movimiento Rápido de Ojos, ya que en ella se parpadea de manera muy acelerada, es en la que se descansa de manera más profunda y también se sueña.
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